El arte de las hadas, los niños perdidos, los locos, los indios, los genios y los gitanos

El arte de las hadas, los niños perdidos, los locos, los indios, los genios y los gitanos

20091102

37. EXPERIMENTO

(Léase escuchando a Sir Johann Strauss Jr., si no es demasiada molestia. Recomiendo "Roses from the South", las palabras se deshacen poco a poco en la lengua).


Se la podría llamar la Puerta de las Estrellas.
Durante tres millones de años, ha girado en torno a Saturno, en espera de un momento del destino que quizás nunca llegue. En su quehacer, una luna ha sido hecha añicos, y orbitan aún los restos de su creación.

Ahora estaba finalizando la larga espera. En otro mundo aún, había nacido la inteligencia y estaba escapando de su cuna planetaria. Un antiguo experimento estaba a punto de alcanzar su apogeo.

Quienes habían comenzado este experimento, hacía tanto tiempo, no habían sido hombres... ni siquiera remotamente humanos. Pero eran de carne y sangre, y cuando tendían la vista hacia las profundidades del espacio, habían sentido temor, admiración y soledad. Tan pronto como poseyeron el poder, emprendieron el camino a las estrellas.

En sus exploraciones, encontraron vida en diversas formas, y contemplaron los efectos de la evolución en mil minutos. Vieron cuán a menudo titilaban y morían en la noche cósmica las primeras débiles chispas de la inteligencia.

Y debido a que en toda la galaxia no habían encontrado nada más precioso que la Mente, alentaron por doquiera su amanecer. Se convirtieron en granjeros en los campos de las estrellas; sembraron, y a veces cosecharon.

Y a veces, desapasionadamente tenían que escardar.

Los grandes dinosaurios habían perecido tiempo ha cuando la nave de exploración entró en el Sistema Solar tras un viaje que duraba ya mil años. Pasó rauda antes los helados planetas exteriores, hizo una breve pausa sobre los desiertos del agonizante Marte, y contempló después la Tierra.

Extendido ante ellos, los exploradores vieron un mundo bullendo de vida. Durante años estudiaron, coleccionaron, catalogaron. Cuando supieron todo cuanto pudieron, comenzaron a modificar. Intervinieron en el destino de varias especies, en tierra y en el océano. Mas no podrían saber, cuando menos hasta dentro de un millón de años, cuál de sus experimentos tendría éxito.

Eran pacientes, pero no inmortales. Había mucho por hacer en este universo de cien billones de soles, y otros mundos los llamaban. Así, pues, volvieron a penetrar en el abismo, sabiendo que nunca más volverían.

Ni había ninguna necesiad de que lo hicieran. Los servidores que habían dejado harían el resto.

En la Tierra, vinieron y se fueron los glaciares, mientras sobre ellos la inmutable Luna encerraba aún su secreto. Con un ritmo aún más lento que el hielo polar, las marcas de la civilización menguaron y crecieron a través de la Galaxia. Extraños, bellos y terribles imperios se alzaron y cayeron, transmitiendo sus conocimientos a sus sucesores. No fue olvidada la Tierra, pero otra visita serviría de poco. Era uno más de un millón de mundos silenciosos, pocos de los cuales podrían nunca hablar.

Y ahora, entre las estrellas, la civilización dirigiéndose hacia nuevas metas. Los primeros exploradores de la Tierra habían llegado hacía tiempo a los límites de la carne y la sangre; tan pronto como sus máquinas fueron mejores que sus cuerpos, sería el momento de moverse. Trasladaron a nuevos hogares de metal y plástico primero sus cerebros y luego sus pensamientos.

En esos hogares erraban entre las estrellas. No construían ya naves espaciales. Ellos eran naves espaciales.

Pero la era de los entes-máquinas pasó rápidamente. En su incesante experimentación, habían aprendido a almacenar el conocimiento en la estructura del propio espacio y a conservar sus pensamientos para la eternidad en heladas celosías de luz. Podían convertirse en criaturas de radiación, libres al fin de la tiranía de la materia.

Por ende, se transformaban actualmente en pura energía; y en mil mundos, las vacías conchas que habían desechado se contraían en una insensata danza de la muerte, desmenuzándose luego en herrumbre.

Ahora eran señores de la Galaxia, y más allá del alcance del tiempo. Podían vagar a voluntad entre las estrellas, y sumirse como niebla sutil a través de los intersticios del espacio. Mas a pesar de sus poderes, semejantes a los de los dioses, no habían olvidado del todo su origen, en el cálido limo de un desaparecido mar.

Y seguían aún observando los experimentos que sus antepasados habían comenzado hacía ya tanto tiempo.