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Cuentos desde el reino peligroso.
Voy a poner un sencillo ejemplo: Evasión es, según ellos, no mencionar en un cuento, o mejor, no detenerse morosamente en las farolas callejeras, todas fabricadas en serie. Pero eso puede deberse -y casi seguro que es así- a la aversión que produce un objeto tan típico de la Era del Robot, que aúna la complicación y la ingeniosidad de medios con la fealdad; y (a menudo) con muy pobres resultados. Pueden desterrarse estas farolas de los cuentos simplemente porque son malas farolas; y quizás una de las lecciones que de ellos se hayan de extraer sea la toma de conciencia de este hecho. Pero entonces llega el varapalo: <Las farolas son algo definitivo>, dicen. Hace ya tiempo, Chesterton comentó, y con toda la razón, que en cuanto oía decir de una cosa que era > tenía la seguridad de que al poco tiempo sería sustituida y considerada conmiserativamente como obsoleta y periclitada. He aquí un anuncio: <El avance de la Ciencia, su ritmo, acelerado por los imperativos de la guerra, es inexorable... convierte en caducas algunas cosas y presagia nuevos avances en el uso de la electricidad>. Dice lo mismo, sólo que de forma más amenazadora. Se puede, naturalmente, no tener en cuenta una farola por ser insignificante y perecedera. Los cuentos de hadas, en cualquier caso, tienen cosas mucho más permanentes e importantes de las que ocuparse. El relámpago, por ejemplo. El evasor no está sujeto a los caprichos de una moda pasajera como sus oponentes. No convierte las cosas (que con cierta lógica pueden ser tenidas por malas) en amos o dioses a los que adorar por inevitables, o incluso por >. Y sus oponentes, tan dados al menosprecio, no están seguros de que vayan a detenerse ahí: podría enardecer a la gente para que derribase las farolas. La Evasión tiene otra cara, más maligna aún: la Reacción.
Aunque parezca increíble, no hace mucho tiempo que le oí comentar a un médico interno de Oxford que a él le <satisfacía> la proximidad de las fábricas de producción en serie y el estruendo del tráfico rodado en continuo embotellamiento porque ponía a la Universidad <en contacto con la vida real>. Quizás quería indicar que el modo en el que el hombre del siglo XX vive y trabaja aumenta en brutalidad a pasos alarmantes, y que la ruidosa prueba de ellos en las calles de Oxford ha de servir de aviso de la imposibilidad de conservar durante mucho tiempo con unas simples vallas y sin una auténtica reacción ofensiva (práctica e intelectual) un oasis de cordura en un desierto de irracionalidad. Pero mucho me temo que no se refería a esto. En cualquier caso, la expresión > parece quedar en este contexto lejos de sus usos académicos. Es sorprendente la idea de que los coches están más > que, digamos, los centauros o los dragones; que sean más <reales> que, pongamos por caso, los caballos es algo patéticamente absurdo. ¡Qué real, qué sorprendentemente viva es la chimenea de una fábrica comparada con un olmo, ese pobre objeto caduco, sueño banal de un visionario!
A mí en particular me resulta inconcebible que el techo de la estación de Bletchey sea más <real> que las nubes. Y como artefacto, lo encuentro menos inspirador que la legendaria cúpula del firmamento. La pasarela que lleva el andén 4 despierta en mí menos interés que Bifröst [arco iris], guardado por Heimdall con su Gjallarhorn. No puedo apartar de lo que aún queda de indómito en mi corazón el interrogante de si los ingenieros del ferrocarril, de haber sido educados con un poco más de fantasía, no habrían sido capaces de mejores logros con los abundantes medios que por lo general poseen. Imagino que los cuentos de hadas serían mejores humanistas que el universitario al que antes he aludido.
Supongo que gran parte de lo que él y ciertamente otros muchos llamarían literatura <seria> no es más que un pasatiempo al borde de una piscina cubierta. Los cuentos de hadas pueden crear monstruos que vuelan por los aires o moran en los abismos, pero al menos ellos no intentan escapar de los cielos o del mar.
Y si por un momento dejamos de lado la <fantasía>, no veo por qué el lector o el autor de cuentos de hadas tengan siquiera que sentirse avergonzados de lo arcaico como elemento de <evasión>: avergonzados de preferir no ya dragones, sino caballos, castillos, veleros, arcos y flechas; no ya elfos, sino caballeros, reyes y clérigos. Porque, después de todo, el ser racional puede llegar mediante la reflexión (que poco tiene que ver con los relatos de hadas o de aventuras) a la condena, implícita al menos en el silencio de la literatura de <evasión>, de cosas tan progresistas como las fábricas o las ametralladoras y bombas, que parecen ser sus más naturales, inevitables y hasta me atrevería a decir que <inexorables> logros.
<La crudeza y el horror de la vida en la Europa moderna -esa vida real cuyo hálito habríamos de recibir con regocijo- es prueba de inferioridad biológica, de insuficiente o falsa reacción al medio ambiente1,>. (...)
1. Christopher Dawson, Progress and Religion, pp. 58-59. Posteriormente añade:
Toda la pompa victoriana de los sombreros de copa y levitas se consideró, sin duda alguna, esencial para la cultura del siglo XIX, y con esa cultura se ha extendido por todo el mundo como nunca había ocurrido con ninguna otra moda en el vestir. Es posible que nuestros descendientes reconozcan en ella una especie de adusta belleza asiria, símbolo muy adecuado de la época grande y despiadada que la creó; sea, sin embargo, como sea, no ofrece la belleza directa e inevitable que todo vestido ha de tener, porque, al igual que la cultura de la que deriva, no estaba en contacto con la vida de la naturaleza ni en contacto tampoco con la naturaleza humana>. .
J.R.R. Tolkien