
unca había dormido Bastián tanto ni tan profundamente como en aquella gigantesca flor de resplandor rojizo. Cuando abrió los ojos vio que el cielo de la noche, de un negro aterciopelado, seguía formando su bóveda sobre él. Se estiró y sintió, satisfecho, la fuerza maravillosa de sus miembros.
Y otra vez, sin que se hubiera dado cuenta de ello, había sufrido una transformación. Su deseo de ser fuerte se había cumplido.
Cuando se puso en pie y miró por el borde de la gigantesca flor, comprobó que Perelín, aparentemente, había dejado poco a poco de crecer. La Selva Nocturna no había cambiado mucho. Bastián no sabía que eso tenía que ver también con el cumplimiento de su deseo ni que, al mismo tiempo, el recuerdo de su debilidad y torpeza se había desvanecido. Ahora era fuerte y bien parecido pero, por alguna razón, no le bastaba. Hasta le parecía un poco afeminado. Ser fuerte y apuesto sólo tenía sentido si se era además duro, resistente y espartano. Como Atreyu. Pero bajo aquellas flores luminosas, donde sólo había que alargar la mano para coger los frutos, no había oportunidad para ello.
En el Este, los primeros tonos delicados del crepúsculo matutino, de color madreperla, comenzaban a aparecer sobre el horizonte de Perelín. Y cuanto más clareaba tanto más palidecía la fosforescencia de las plantas nocturnas.
«Muy bien», se dijo Bastián, «ya pensaba que nunca se haría de día.»
Se sentó en el suelo de la flor y pensó qué podía hacer. ¿Bajar otra vez y seguir dando vueltas? Indudablemente, como Rey de Perelín, podía abrirse camino por donde quisiera. Podía andar por allí durante días y meses, años quizá. La jungla era demasiado grande para salir nunca de ella. Pero por muy hermosas que fueran las plantas nocturnas, a la larga no eran lo que Bastián necesitaba. Muy distinto sería, por ejemplo, atravesar un desierto... el mayor desierto de Fantasia. ¡Sí, eso sería algo de lo que se podría estar realmente orgulloso!
Y en aquel momento sintió que una fuerte sacudida recorría la gigantesca planta. El tronco se inclinó y se oyó un ruido chisporroteante y goteante. Bastián tuvo que agarrarse para no caer de la flor, que seguía inclinándose y estaba ahora horizontal. La vista de Perelín que se le ofreció era espantosa. El sol había salido entretanto e iluminaba una imagen de destrucción. De las enormes plantas nocturnas apenas quedaba nada. Mucho más deprisa de lo que habían surgido, se desintegraban ahora, bajo la deslumbrante luz del sol, en polvo y arena fina y coloreada. Sólo aquí y allá se alzaban los muñones de algunos árboles gigantescos, que se desmoronaban como las torres de un castillo de arena al secarse. La última de las plantas que parecía resistir era aquella en cuya flor estaba Bastián. Pero cuando Bastián intentó agarrarse a sus pétalos, se le pulverizaron en las manos y fueron arrastrados por el viento como nubes de arena. Ahora que nada le ocultaba la vista hacia abajo, vio también la altura de vértigo a que se encontraba. Si no quería arriesgarse a caer, tenía que intentar bajar tan aprisa como pudiera.
Cuidadosamente, para no provocar ninguna sacudida innecesaria, salió de la flor y se puso a horcajadas sobre el tallo, doblado ahora como una caña de pescar. Apenas lo había hecho, toda la flor cayó también tras él, pulverizándose al caer en una nube roja.
Con la mayor cautela, Bastián siguió avanzando. Muchos no hubieran podido soportar la vista del terrible abismo sobre el que se columpiaba y, acometidos por el pánico, se hubieran precipitado en él, pero Bastián no tenía vértigo y conservaba sus nervios de acero. Sabía que un solo movimiento imprudente podía destrozar la planta. No debía dejar que el peligro lo indujera a hacer ninguna imprudencia. Lentamente siguió moviéndose y llegó por fin al lugar en que el tronco se inclinaba otra vez y, finalmente, se ponía vertical. Bastián lo abrazó y se dejó resbalar hacia abajo centímetro a centímetro. Varias veces fue cubierto por grandes nubes de polvo de colores que caían desde arriba. Ramas laterales no había ya y, cuando todavía quedaba un muñón, se desmoronaba en cuanto Bastián intentaba utilizarlo como apoyo. Hacia abajo, el tronco se hacía cada vez más grueso y Bastián no podía ya abarcarlo. Y todavía estaba a la altura de una torre sobre el suelo. Se detuvo un momento para pensar cómo seguir adelante.
Sin embargo, una nueva sacudida que recorrió el gigantesco tocón lo hizo abandonar toda duda. Lo que quedaba aún del tronco se deshizo, formando una montaña en forma de cono puntiagudo, por la que rodó Bastián en salvaje torbellino dando unas cuantas vueltas de campana hasta encontrarse, por fin, al pie de la montaña. El polvo de colores
que cayó después comenzó a sepultarlo, pero él se libró, se sacudió la arena de las orejas y de la ropa, y escupió unas cuantas veces fuertemente. Luego miró a su alrededor.
El espectáculo que vio era increíble: la arena, con movimiento lento y fluctuante, estaba en todas partes. Iba de aquí para allá en extraños remolinos y corrientes, y se amontonaba en colinas y dunas de altura y extensión muy diversas, pero siempre de un color determinado. La arena de color azul pálido se acumulaba para formar un montón azul pálido, la verde uno verde y la violeta uno violeta. Perelín se disolvía, convirtiéndose en un desierto, ¡pero qué desierto!
Bastián había trepado a una duna de color púrpura y no veía a su alrededor más que colina tras colina de todos los colores imaginables. Porque cada colina tenía una tonalidad que no se repetía en ninguna otra. La más próxima era azul cobalto, la siguiente amarillo azafrán, detrás relucían otras de color carmesí, añil, verde manzana, azul celeste, naranja, rosa melocotón, malva, azul turquesa, lila, verde musgo, rojo rubí, tierra de sombra, amarillo índico, rojo cinabrio y lapislázuli. Y así seguían las colinas, de un horizonte a otro, hasta donde los ojos no podían ya ver más. Arroyos de arena dorados y plateados corrían entre esas colinas, separando los colores entre sí.
-¡Esto -dijo en voz alta Bastián- es Goab, el Desierto de Colores!
El sol subía más y más y el calor se hacía sofocante. El aire empezó a vibrar sobre las dunas de arena de colores y Bastián se dio cuenta de que su situación se había hecho realmente difícil. En aquel desierto no podía quedarse, eso era seguro. Si no lograba salir de allí, moriría de sed en poco tiempo.
Involuntariamente, cogió el signo de la Emperatriz In-fantil que llevaba al pecho, con la esperanza de que lo guiase. Luego se puso en camino valientemente.
Trepó una duna tras otra, bajó por ellas, una tras otra,. y durante horas luchó así por avanzar, sin ver más que una colina tras otra. Sólo los colores cambiaban continuamente. Sus fabulosas fuerzas físicas no le servían de nada, porque las distancias de un desierto no pueden vencerse por la fuerza. El aire era un soplo ardiente y estremecido del infierno y apenas se podía respirar. La lengua se le pegaba al paladar y tenía el rostro inundado de sudor.
El sol se había convertido en un remolino de fuego en mitad del cielo. Estaba allí desde hacía mucho tiempo y no parecía moverse ya. El día del desierto duraba tanto como la noche de Perelín.
Bastián siguió adelante, siempre adelante. Los ojos le ardían y tenía la boca como un trozo de cuero. Pero no se rindió. Su cuerpo estaba abrasado y la sangre se volvió tan espesa en sus venas que apenas circulaba ya. Pero Bastián siguió adelante, lentamente, paso a paso, sin apresurarse ni detenerse, como hacen los caminantes del desierto experimentados. No prestaba atención al suplicio de la sed que atormentaba su cuerpo. Se había despertado en él una voluntad tan férrea, que ni el cansancio ni las privaciones podían doblegarla.
Pensó en lo rápidamente que antes se desanimaba. Empezaba cien cosas y, a la menor dificultad, las abandonaba. Siempre se preocupaba de comer y tenía un miedo ridículo a
ponerse enfermo o tener que soportar dolores. Pero todo aquello había quedado muy atrás.
Aquel camino que ahora recorría a través de Goab, el Desierto de Colores, nadie se había atrevido a emprenderlo antes, y nadie, después de él, se atrevería a emprenderlo nunca.
Y probablemente nadie lo sabría jamás.
Esa última idea lo llenó de preocupación. Pero no se dejó desanimar. Todo indicaba que Goab era tan inconcebiblemente grande que nunca podría llegar al límite del desierto. La idea de morir de sed más pronto o más tarde a pesar de toda su resistencia no le daba miedo. Soportaría la muerte tranquilo y con dignidad, lo mismo que los cazadores del pueblo de Atreyu. Pero como nadie se atrevía a adentrarse en aquel desierto, nadie llevaría tampoco la noticia del fin de Bastián. Ni a Fantasía ni a su casa. Sencillamente, lo darían por desaparecido y sería como si no hubiera estado nunca en Fantasía ni en el desierto de Goab.
Mientras, sin dejar de andar, pensaba en ello, tuvo de pronto una idea. Toda Fantasía, se dijo, estaba contenida en aquel libro en que escribía el Viejo de la Montaña Errante. Y aquel libro era la Historia Interminable, que él mismo había leído en el desván. Quizá estuviera también en el libro todo lo que le pasaba ahora. Y, por lo tanto, podía ocurrir muy bien que otro lo leyera algún día... y hasta que lo estuviera leyendo ahora, en aquel momento. Por consiguiente, debía de ser posible también dar a ese alguien una señal.
La colina de arena sobre la que estaba Bastián en aquel momento era de color azul ultramar. Separada de ella por un pequeño valle había una duna de un rojo encendido. Bastián fue hasta ella, cogió con las dos manos arena roja y la llevó a la colina azul. Luego trazó con arena en la ladera una larga línea. Volvió atrás, trajo más arena roja y repitió la operación una y otra vez. Al cabo de un rato había trazado tres gigantescas letras rojas sobre fondo azul:
B B B
Contento, contempló su obra. Aquello no podía dejar de verlo nadie que leyera la Historia Interminable. Le pasara a él lo que le pasara, se sabría dónde había quedado.
Se sentó en la cima del monte de color rojo encendido y descansó un poco. Las tres letras brillaban deslumbradoras bajo el sol abrasador del desierto.
Otra vez se había borrado en Bastián una parte de su memoria del mundo de los seres humanos. Ya no sabía que antes había sido sensible, hasta quejica a veces. Su resistencia y su dureza lo llenaban de orgullo. Pero ya se anunciaba en él un nuevo deseo.
«Desde luego, no tengo miedo», dijo para sí como acostumbraba, «peto me falta el verdadero valor. Soportar privaciones y aguantar fatigas es algo grande. ¡Pero la audacia y el valor son otra cosa! Me gustaría correr una verdadera aventura que exigiera un valor temerario. En el desierto no se encuentra a nadie... y sería estupendo encontrar a un ser peligroso... No haría falta que fuera tan horrible como Ygrámul, pero sí mucho más peligroso aún. Debería ser hermoso y, al mismo tiempo, la criatura más peligrosa de toda Fantasía. Y yo me enfrentaría con ella y...»
Bastián no pudo seguir, porque en aquel mismo instante sintió que la arena del desierto vibraba bajo sus pies. Era como un trueno de tal intensidad que se sentía más que se oía.
Bastián se volvió y vio en el lejano horizonte del desierto una aparición que, al principio, no pudo explicarse. Algo se movía como un bólido, a toda velocidad. Con rapidez increíble, describió un amplio círculo en torno al lugar en que estaba Bastián y luego, de pronto, vino directamente hacia él. En el aire vibrante de calor, que hacía que todos los contornos se estremecieran como llamas, aquel ser parecía un demonio de fuego danzante.
El miedo se apoderó de Bastián y, antes de haberlo pensado bien, había corrido al valle que había entre la duna roja y la azul para ocultarse de aquel ser de fuego que se acercaba. Pero apenas estuvo allí se avergonzó de su miedo y se dominó.
Cogió a AURYN de su pecho y sintió cómo todo el valor que acababa de desear se precipitaba en su corazón, llenándolo por completo.
Entonces oyó otra vez aquel trueno profundo que hacía temblar el suelo del desierto, pero esta vez muy cercano. Levantó la vista.
Sobre la cumbre de la duna de color rojo encendido había un león gigantesco. Estaba exactamente delante del sol, de forma que su majestuosa melena le rodeaba el rostro como una corona de llamas. Pero aquella melena, y también el resto de su piel, no era amarilla, como suele ser en los leones, sino de un rojo tan encendido como el de la arena en que se encontraba.
El león parecía no haber visto al chico que, en comparación con él, resultaba diminuto en el valle que separaba las dos colinas; miraba más bien las letras rojas que cubrían la colina de enfrente. Y entonces dejó oír otra vez su voz poderosa y retumbante:
-¿Quién ha hecho eso?
-Yo -dijo Bastián.
-¿Y qué quiere decir?
-Es mi nombre -respondió Bastián-. Me llamo Bastián Baltasar Bux.
Sólo entonces volvió el león hacia él la mirada y Bastián tuvo la sensación de que lo envolvía un manto de llamas, en el que ardería en el acto para convertirse en cenizas. Sin embargo, la impresión desapareció enseguida y sostuvo la mirada del león.
-Yo -dijo el poderoso animal- soy Graógraman, Señor del Desierto de Colores y al que llaman también la Muerte Multicolor.
Los dos seguían mirándose y Bastián notó el poder fatal que se desprendía de aquellos ojos.
Fue como una invisible lucha de fuerzas. Y, finalmente, el león bajó la mirada. Con movimientos lentos y majestuosos descendió de la duna. Cuando pisó la arena azul ultramar, su color cambió también, de forma que piel y melena fueron igualmente azules. El gigantesco animal se quedó un segundo ante Bastián, que tenía que mirarlo como mira un ratón a un gato, y luego, repentinamente, Graógraman se echó, humillando la cabeza ante el chico hasta tocar el suelo.
-Señor -dijo-, soy tu siervo y aguardo tus órdenes.
-Quisiera salir de este desierto -explicó Bastián-. ¿Puedes sacarme de aquí?
Graógraman sacudió la melena.
-Eso, señor, no puedo hacerlo.
-¿Por qué?
-Porque llevo el desierto conmigo.
Bastián no pudo comprender lo que el león quería decir.
-¿No hay otra criatura -preguntó- que pudiera sacarme de aquí?
-¿Cómo podría ser eso, señor? -respondió Graógraman-. Donde yo estoy no puede haber ser viviente a la redonda. Mi sola presencia basta para reducir a cenizas, a una distancia de mil kilómetros, a los seres más poderosos y terribles. Por eso me llaman la Muerte Multicolor y el Rey del Desierto de Colores.
-Te equivocas -dijo Bastián-: no todos los seres arden en tu reino. Yo, por ejemplo, puedo hacerte frente, como ves.
-Porque llevas el Esplendor, señor. ÁURYN te protege... hasta del más mortífero de todos los seres de Fantasia. Te protege hasta de mí.
-¿Quieres decir que si no tuviera la Alhaja ardería también y quedaría reducido a un montoncito de cenizas?
-Así es, señor, y sucedería aunque yo mismo lo lamentase. Porque eres el primero y el único que ha hablado conmigo jamás.
Bastián cogió el Signo.
-¡Gracias, Hija de la Luna! -dijo en voz baja.
Graógraman se enderezó otra vez, en toda su alzada, y contempló a Bastián desde arriba.
-Creo, señor, que tenemos muchas cosas que decirnos. Quizá pueda revelarte secretos que no conoces. Quizá puedas tú también explicarme el enigma de mi existencia, que me está oculto.
Bastián asintió.
-Si fuera posible, quisiera ante todo beber algo. Tengo mucha sed.
-Tu siervo escucha y obedece -respondió Graógraman-. ¿Quieres dignarte subir a mis espaldas? Te llevaré a mi palacio, donde encontrarás cuanto necesites.
Bastián se subió a las espaldas del león. Se agarró con ambas manos a la melena, cuyos mechones lo envolvían como lenguas de fuego. Graógraman volvió hacia él la cabeza.
-Sujétate bien, señor, porque corro mucho. Y otra cosa quisiera pedirte: mientras estés en mi reino o simplemente conmigo... ¡Prométeme que por ningún motivo y en ningún momento abandonarás la Alhaja protectora!
-Te lo prometo -dijo Bastián.
Entonces el león se puso en movimiento, al principio todavía lenta y majestuosamente, y luego cada vez más aprisa. Asombrado, Bastián veía como, en cada nueva colina, la piel y la melena del león cambiaban de color, de acuerdo siempre con el color de la duna. Pero finalmente Graógraman comenzó a dar saltos poderosos de una cima a otra, y corrió a toda velocidad sin que sus poderosas zarpas tocaran apenas el suelo. El cambio de su piel se produjo cada vez más velozmente, hasta que a Bastián comenzó a írsele la vista y vio todos los colores al mismo tiempo, como si el enorme animal fuera un sólo ópalo irisado. Tuvo que cerrar los ojos. El viento, caliente como el mismo infierno, silbaba en sus orejas y le daba tirones del manto, que revoloteaba tras él. Sentía el movimiento de los músculos del cuerpo del león y olía la maraña de su melena, que exhalaba un olor salvaje y excitante. Lanzó un grito de triunfo, que sonó como el de un ave de rapiña, y Graógraman le respondió con un rugido que hizo temblar el desierto. En aquel momento, los dos fueron uno, por grande que pudiera ser la diferencia entre ellos. Bastián estaba como borracho y sólo volvió a recuperar el sentido cuando oyó decir a Graógraman
-Hemos llegado, señor. ¿Quieres dignarte bajar?
De un salto, Bastián bajó al suelo de arena. Delante de él vio una escarpada montaña de roca negra... ¿o eran las ruinas de un edificio? No hubiera podido decirlo, porque las piedras, que yacían alrededor semicubiertas de arena multicolor o formaban arcos, muros y columnas, estaban llenas de profundas grietas y hendiduras, y erosionadas como si, desde tiempos inmemoriales, las tormentas de arena hubiesen pulido sus aristas y desigualdades.
-Éste, señor -oyó decir Bastián al león-, es mi palacio... y mi tumba. Entra y sé bienvenido, como primero y único huésped de Graógraman.
El sol había perdido ya su fuerza abrasadora y estaba, grande y amarillo pálido, sobre el horizonte. Evidentemente, la cabalgada había durado mucho más de lo que le había parecido a Bastián. Los pedazos de columna o agujas de roca, fueran lo que fueran, arrojaban ya sus sombras alargadas. Pronto sería de noche.
Cuando Bastián siguió a Graógraman, a través de un arco oscuro que llevaba al interior del palacio, le pareció que los pasos del león eran menos vigorosos que antes; incluso lentos y pesados.
A través de un pasillo oscuro, por diversas escaleras que subían y bajaban, llegaron a una gran puerta, cuyas hojas parecían hechas igualmente de roca negra. Cuando Graógraman se dirigió a ella, la puerta se abrió por sí sola, y cuando Bastián hubo entrado también, se cerró de nuevo tras él. Estaban ahora en una espaciosa sala o, mejor dicho, en una gruta iluminada por cientos de lámparas. El fuego que ardía en ellas se parecía al jugueteo de las llamas de colores de la piel de Graógraman. En el centro, el suelo, cubierto de mosaicos de colores, se alzaba escalonadamente hasta una plataforma redonda sobre la que descansaba un bloque de piedra negra. Graógraman volvió lentamente hacia Bastián su mirada, que ahora parecía como apagada.
-Mi hora está próxima, señor -dijo, y su voz sonó como un cuchicheo-, y no habrá tiempo para hablar. Sin embargo, no te preocupes y aguarda el día. Lo que siempre ha ocurrido ocurrirá también. Y quizá puedas decirme por qué.
Luego volvió la cabeza hacia una pequeña puerta situada al otro extremo de la caverna.
-Entra ahí, señor, y lo encontrarás todo dispuesto para ti. Ese aposento te espera desde tiempo inmemorial.
Bastián se dirigió hacia la puerta pero, antes de entrar por ella, se volvió otra vez. Graógraman se había echado sobre el bloque de piedra negra y ahora él mismo era negro como la roca. Con una voz que era casi un susurro, el león dijo:
-Escucha, señor: es posible que oigas ruidos que te espanten. ¡Pero no te preocupes! Nada puede ocurrirte mientras lleves el Signo.
Bastián asintió y atravesó la puerta.
Ante él había una estancia, decorada de la forma más espléndida. El suelo estaba cubierto de alfombras suaves y de vivo colorido. Las delgadas columnas, que soportaban una bóveda de muchos arcos, estaban cubiertas de mosaicos dorados que reflejaban en mil pedazos la luz de las lámparas, las cuales brillaban aquí también con todos los colores. En un ángulo había un ancho diván de colchas y cojines blandos de toda clase, cubierto por una tienda de seda azul. En la otra esquina, el suelo de piedra estaba excavado formando una gran piscina, en la que humeaba un líquido luminoso de color dorado. En una mesita baja había cuencos y platos con manjares y también una jarra con una bebida de color rubí y una copa dorada.
Bastián se sentó al estilo árabe junto a la mesita y empezó a servirse. La bebida sabía agria y salvaje, pero apagaba la sed de una forma maravillosa. Los alimentos eran totalmente desconocidos para Bastián. Ni siquiera hubiera podido decir si se trataba de pasteles, grandes guisantes o frutos secos. Algunos parecían calabazas y melones, pero su gusto era totalmente diferente: picante y aromático. Sabían sensacional y sabrosamente. Bastián comió hasta hartarse.
Luego se desnudó -lo único que no se quitó fue el Signo- y se metió en el baño. Durante un rato chapoteó en el raudal de fuego, se lavó, buceó y resopló como una morsa. Entonces descubrió unas botellas de extraño aspecto que había al borde de la piscina. Pensó que serían sales de baño. Despreocupadamente, echó en el agua un poco de cada clase. Algunas produjeron llamas verdes, rojas o amarillas, que borbotearon en la superficie haciendo un poco de humo. Olían a resina y hierbas amargas.
Finalmente Bastián salió del baño, se secó con suaves toallas que había dispuestas y se vistió de nuevo. Al hacerlo le pareció que las lámparas de la habitación ardían de pronto con menos fuerza. Y entonces llegó a sus oídos un ruido que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda: un crujido y un chasquido, como si estallara una gran roca de hielo, que se extinguió en un gemido cada vez más suave.
El ruido no se repitió. Pero el silencio era casi más espantoso aún. ¡Tenía que averiguar lo que había sucedido! Abrió la puerta dé la alcoba y miró dentro de la gran caverna. Al principio no pudo descubrir ningún cambio, salvo que las lámparas ardían más apagadamente y su luz empezaba a pulsar como el latido de un corazón, cada vez más lentamente. El león estaba todavía en la misma posición sobre el bloque de piedra negra y parecía mirar a Bastián.
-Graógraman -llamó Bastián en voz baja-. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ruido era ése? ¿Has sido tú?
El león no respondió ni se movió, pero cuando Bastián se dirigió hacia él lo siguió con los ojos.
Bastián extendió titubeando la mano para acariciarle la melena, pero apenas la había tocado retiró la mano asustado. Estaba dura y helada como la piedra negra, y lo mismo pasaba con el rostro y las zarpas de Graógraman.
Bastián no supo qué hacer. Vio que los negros batientes de piedra de la gran puerta se abrían despacio. Sólo cuando estaba ya en el largo pasillo oscuro y subía por la escalera se preguntó qué buscaba allí fuera. No podía haber nadie en aquel desierto capaz de salvar a Graógraman.
¡Pero ya no había desierto!
En la oscuridad de la noche comenzaba a brillar y resplandecer por todas partes. Millones de diminutos brotes de plantas surgían de los granos de arena, que eran otra vez semillas. ¡Perelín, la Selva Nocturna, había empezado otra vez a crecer!
Bastián sospechó de pronto que la congelación de Graógraman, de alguna forma, tenía algo que ver con ello. Volvió otra vez a la caverna. La luz de las lámparas temblaba aún, muy débilmente. Llegó hasta el león, le pasó el brazo por el poderoso cuello y apretó su cara contra el rostro del animal.
Ahora también los ojos del león eran negros y muertos como la piedra. Graógraman estaba petrificado. Hubo un último estremecimiento de las luces, y luego todo se hizo oscuro como una tumba.
Bastián lloró amargamente y el rostro del león de piedra se mojó con sus lágrimas. Por fin se echó, acurrucado entre las poderosas patas delanteras del león, y se durmió.
Graógraman, La Muerte Multicolor
Oyó la retumbante voz del león que decía:
-¡Señor! ¿Has pasado así toda la noche?
Bastián se incorporó rápidamente, frotándose los ojos. Estaba entre las zarpas delanteras del león, el enorme animal lo miraba y había asombro en la mirada de Graógraman. La piel del león seguía siendo negra como los bloques de piedra sobre los que descansaba, pero sus ojos centelleaban. Las lámparas, en lo alto, ardían de nuevo.
-¡Ay! -balbuceó Bastián-, pensé... pensé que estabas petrificado.
-Lo estaba -respondió el león-. Muero cada día cuando cae la noche, y cada mañana despierto de nuevo.
-Yo creí que era para siempre -explicó Bastián.
-Cada vez es para siempre -repuso Graógraman enigmáticamente.
Se puso en pie, se estiró y desperezó, y anduvo de un lado a otro de la caverna como hacen los leones. Su piel llameante comenzó a arder cada vez más luminosamente con los colores de las abigarradas baldosas. De pronto se detuvo en sus paseos y miró al muchacho.
-¿Has derramado lágrimas por mí?
Bastián asintió en silencio.
-Entonces -dijo el león-, no sólo eres el único que ha dormido entre las zarpas de la Muerte Multicolor, sino también el único que ha llorado su muerte.
Bastián miró al león, que volvía a andar de un lado a otro, y por fin preguntó en voz baja.
-¿Siempre estás solo?
El león se detuvo de nuevo, pero esta vez no miró a Bastián. Mantuvo la cabeza vuelta y repitió, con voz retumbante:
-Solo...
La palabra resonó en la caverna.
-Mi reino es el desierto... y el desierto es también mi obra. A dondequiera que vaya, todo se convierte en desierto a mi alrededor. Lo llevo conmigo. Soy de un fuego destructor. ¿Cómo podría tener otro destino que una perpetua soledad?
Bastián calló confuso.
-Tú, señor -siguió diciendo el león, dirigiéndose hacia el muchacho y mirándolo a la cara con sus ojos ardientes-, que llevas el signo de la Emperatriz Infantil, podrás responderme: ;por qué tengo que morir al caer la noche?
-Para que en el Desierto de Colores pueda crecer Perelín, la Selva Nocturna.
-¿Perelín? -repitió el león-. ¿Qué es eso?
Y entonces Bastián le habló de las maravillas de la jungla hecha de luz viva. Mientras Graógraman escuchaba inmóvil y sorprendido, le describió la diversidad y magnificencia de las plantas brillantes y fosforescentes que se multiplicaban por sí solas, su crecimiento incesante y silencioso, su hermosura y su tamaño indescriptibles. Hablaba con entusiasmo y los ojos de Graógraman resplandecían cada vez más.
-Y todo eso -concluyó Bastián- sólo puede ser mientras estás petrificado. Pero Perelín lo invadiría todo y se sofocaría a sí mismo si no tuviera que morir y deshacerse en el polvo, una y otra vez, en cuanto tú despiertas. Perelín y tú, Graógraman, sois una misma cosa.
Graógraman calló largo rato.
-Señor -dijo luego-, ahora sé que mi muerte da la vida y mi vida la muerte, y que ambas cosas son buenas. Ahora comprendo el sentido de mi existencia. Gracias.
Se dirigió lenta y solemnemente al rincón más oscuro de la caverna. Lo que hizo allí no pudo verlo Bastián, pero oyó un ruido metálico. Cuando Graógraman volvió, llevaba en la boca algo que puso ante los pies de Bastián con una profunda inclinación de cabeza.
Era una espada.
De todas formas, no parecía muy magnífica. La funda de hierro en que se alojaba estaba oxidada y el puño era casi como el de un sable de juguete hecho de algún viejo pedazo de madera.
-¿Puedes darle un nombre? -preguntó Graógraman.
-¡Sikanda! -dijo Bastián.
En aquel mismo instante, la espada salió chirriando de su funda y voló literalmente a sus manos. Bastián vio que la hoja era de una luz resplandeciente que apenas podía mirarse. La espada tenía doble filo y se sentía ligera como una pluma en la mano.
-Esa espada -dijo Graógraman- estuvo siempre aquí para ti. Porque sólo puede tocarla sin peligro quien ha cabalgado sobre mis espaldas, ha comido y bebido de mi fuego y se ha bañado en él como tú. Pero únicamente porque has sabido darle su verdadero nombre te pertenece.
-¡Sikanda! -murmuró Bastián, observando maravillado su luz centelleante mientras hacía girar despacio la espada en el aire-. Es una espada mágica, ¿verdad?
-Sea de acero o de piedra -respondió Graógraman-, nada hay en Fantasía que pueda resistirla. Sin embargo, nunca debes forzarla. Sólo cuando salte por sí misma a tus manos, como ahora, deberás utilizarla... sea cual fuere la amenaza. Sikanda guiará tu mano y hará, por sí sola, lo que haya que hacer. Sin embargo, si la desenvainas por capricho, traerás una gran desgracia sobre ti y sobre Fantasia. ¡No lo olvides nunca!
-No lo olvidaré -prometió Bastián.
La espada regresó a su funda y volvió a parecer vieja y sin valor. Bastián se ató a la cintura las correas de cuero de las que colgaba la vaina.
-Y ahora, señor, si te place -propuso Graógraman-, vamos a cazar juntos en el desierto. ¡Súbete a mis espaldas, porque tengo que salir!
Bastián se subió a él y el león trotó hasta el aire libre. El sol de la mañana ascendía sobre el horizonte del desierto y la Selva Nocturna se había convertido otra vez, hacía tiempo, en arena de colores. Los dos pasaron raudos sobre las dunas como una antorcha danzante o como un viento tempestuoso incandescente. Bastián se sentía como si cabalgara sobre un cometa en llamas a través de luces y colores. Y una vez más sintió una embriaguez salvaje.
Hacia el mediodía, Graógraman se detuvo de pronto.
-Éste es el lugar, señor, en que nos encontramos ayer.
Bastián estaba un poco aturdido aún por la salvaje correría. Miró a su alrededor pero no pudo descubrir ni la colina de arena azul ultramar ni la de color rojo encendido. Tampoco se veían las letras. Las dunas eran ahora de color verde oliva y rosa.
-Todo es muy distinto -dijo.
-Así es, señor -respondió el león-. Eso ocurre cada día... siempre es distinto. Hasta ahora no sabía por qué. Pero ahora que tú me has contado que Perelín nace de la arena puedo comprenderlo también.
-Pero, ¿cómo sabes que es éste el lugar de ayer?
-Lo siento, lo mismo que siento cualquier otro punto de mi cuerpo. El desierto es parte de mí.
Bastián bajó de las espaldas de Graógraman y se sentó en la colina de color verde oliva. El león se echó junto a él; ahora era también verde oliva. Bastián apoyó la barbilla en la mano y miró pensativamente el horizonte.
-¿Puedo preguntarte una cosa, Graógraman? -dijo tras un largo silencio.
-Tu servidor escucha -fue la respuesta del león.
-¿Es verdad que estás aquí desde siempre?
-Desde siempre -aseguró Graógraman.
-Y el desierto de Goab, ¿ha existido también siempre?
-Sí, también el desierto. ¿Por qué lo preguntas?
Bastián pensó un rato.
-No comprendo -reconoció por fin-. Yo hubiera apostado a que sólo estaba aquí desde ayer.
-¿Qué quieres decir, señor?
Y entonces Bastián le contó todo lo que le había pasado desde su encuentro con la Hija de la Luna.
-Todo es muy extraño -dijo para terminar-: se me ocurre cualquier deseo y enseguida sucede algo que concuerda con ese deseo y lo cumple. No es que me lo imagine, ¿sabes? Jamás hubiera podido inventarme todas las plantas nocturnas distintas de Perelín. Ni los colores de Goab... ¡Ni a ti! Todo es mucho más grandioso y real de lo que podría imaginar. Y, sin embargo, todo está ahí cuando lo deseo.
-Eso es porque llevas a ÁURYN, el Esplendor -dijo el león.
-Lo que no entiendo es otra cosa -trató de explicar Bastián-. ¿Todo está ahí sólo cuando yo lo deseo? ¿O estaba ya antes y únicamente lo adivino de algún modo?
-Las dos cosas -dijo Graógraman.
-Pero, ¿cómo puede ser? -exclamó Bastián casi con impaciencia-. Tú llevas ya quién sabe cuánto tiempo aquí, en el Desierto de Colores de Goab. La habitación de tu palacio me esperaba desde siempre. Sikanda, la espada, me estaba destinada desde tiempo inmemorial... ¡Tú mismo lo has dicho!
-Así es, señor.
-Pero yo... ¡yo estoy sólo desde ayer por la noche en Fantasía! ¡Por lo tanto, no es verdad que todo exista sólo desde que estoy aquí!
-Señor -respondió el león serenamente- ¿no sabes que Fantasia es el reino de las historias? Una historia puede ser nueva y, sin embargo, hablar de tiempos remotos. El pasado surge con ella.
-Entonces también Perelín debe de hacer existido siempre -dijo Bastián desconcertado.
-Desde el momento en que le diste su nombre, señor -contestó Graógraman- existió desde siempre.
-¿Quieres decir que yo lo creé?
El león guardó silencio un rato, antes de responder:
-Eso sólo puede decírtelo la Emperatriz Infantil. De ella lo has recibido todo.
Se levantó.
-Ya es hora, señor, de que volvamos a mi palacio. El sol declina y el camino es largo.
Aquella noche Bastián se quedó con Graógraman, que se echó otra vez sobre el negro bloque de piedra. No hablaron más. Bastián se sirvió alimentos y bebidas de la alcoba, donde la mesita baja había sido puesta otra vez por manos fantasmales. Devoró la comida, sentado en los escalones que llevaban al bloque de piedra.
Cuando la luz de las lámparas disminuyó y comenzó a palpitar como un corazón que latiera cada vez más despacio, Bastián se puso en pie y ciñó en silencio con sus brazos el cuello del león. La melena de Graógraman era dura y parecía de lava solidificada. Y entonces volvió a oírse aquel ruido espantoso, pero Bastián no tuvo ya miedo. Lo que, una vez más, hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas fue la irrevocabilidad de la desgracia de Graógraman.
Más tarde en la noche, Bastián se dirigió de nuevo a tientas al exterior y contempló largo tiempo el silencioso crecimiento de las luminosas plantas nocturnas. Luego volvió a la caverna y se echó a dormir entre las zarpas del león petrificado.
Muchos días y muchas noches fue Bastián huésped de la Muerte Multicolor y se hicieron amigos. Pasaron muchas horas en el desierto, entregados a juegos salvajes. Bastián se escondía entre las dunas de arena, pero Graógraman lo encontraba siempre. Hicieron apuestas sobre quién corría más, pero el león era mil veces más rápido. Hasta lucharon entre sí para divertirse, se enzarzaron y pelearon... y en eso Bastián lo igualaba. Aunque, naturalmente, sólo se trataba de un juego. Graógraman tenía que emplear todas sus fuerzas para estar a la altura del muchacho. Ninguno de los dos podía vencer al otro.
Un día, después de haber estado alborotando, Bastián se sentó, un poco sin aliento, y preguntó:
-¿No podría quedarme siempre contigo?
El león sacudió la melena.
-No, señor.
-¿Por qué no?
-Aquí sólo hay vida y muerte, sólo Perelín y Goab, pero no hay historias. Y tú tienes que vivir tu propia historia. No debes quedarte aquí.
-Pero, ¡si no puedo marcharme! -dijo Bastián-. El desierto es demasiado grande para que nadie pueda salir de él. Y tú no puedes llevarme, porque llevas el desierto contigo.
-Los caminos de Fantasia -dijo Graógraman- sólo puedes encontrarlos con tus deseos. Y sólo puedes ir de un deseo a otro. Lo que no deseas te resulta inalcanzable. Eso es lo que significan aquí las palabras «cerca» y «lejos». Y tampoco basta con querer marcharse de un lugar. Tienes que querer ir a otro. Tienes que dejarte llevar por tus deseos.
-Pero si yo no deseo marcharme... -respondió Bastián.
-Tendrás que encontrar tu próximo deseo -contestó Graógraman casi serio.
-Y si lo encuentro -preguntó Bastián-, ¿cómo podré marcharme de aquí?
-Escucha, señor -dijo en voz baja Graógraman-: hay en Fantasía un lugar que conduce a todas partes y al que puede llegarse desde todas. Ese lugar se llama el Templo de las Mil Puertas. Nadie lo ha visto nunca por fuera, porque no tiene exterior. Su interior sin embargo, está formado por un laberinto de puertas. El que quiera conocerlo, tiene que atreverse a entrar.
-¿Cómo es posible, si uno no puede acercarse por fuera?
-Cada puerta -prosiguió el león-, cada puerta de Fantasía entera, hasta una puerta completamente corriente de establo o de cocina, incluso la puerta de un armario, puede ser, en un momento determinado, la puerta de entrada al Templo de las Mil Puertas. Si el momento pasa, la puerta vuelve a ser lo que era. Por eso nadie puede entrar una segunda vez por la misma puerta. Y ninguna de las mil puertas conduce otra vez al lugar de dónde se vino. No hay vuelta atrás.
-Pero, cuando se está dentro, ¿se puede salir otra vez a alguna parte?
-Sí -respondió el león-, pero no es tan fácil como en las casas corrientes. Porque a través del laberinto de las mil puertas sólo puede guiarte un deseo auténtico. Quien no lo tiene ha de vagar por el laberinto hasta que sabe lo que desea. Y a veces hace falta mucho tiempo para eso.
-¿Y cómo se puede encontrar la puerta de entrada?
-Hay que desearlo.
Bastián meditó largo tiempo y dijo luego:
-Es extraño que no se pueda desear simplemente lo que se quiere. ¿De dónde vienen realmente los deseos? ¿Y qué es eso, un deseo?
Graógraman miró al muchacho con los ojos muy abiertos, pero no respondió.
Unos días más tarde, tuvieron otra vez una conversación muy importante.
Bastián le enseñó al león la inscripción del reverso de la Alhaja.
-¿Qué significa? -preguntó-. «HAZ LO QUE QUIERAS.» Eso quiere decir que puedo hacer lo que me dé la gana, ¿no crees?
El rostro de Graógraman pareció de pronto terriblemente serio y sus ojos comenzaron a arder.
-No -dijo con voz profunda y retumbante-. Quiere decir que debes hacer tu Verdadera Voluntad. Y no hay nada más difícil.
-¿Mi Verdadera Voluntad? -repitió Bastián impresionado-. ¿Qué es eso?
-Es tu secreto más profundo, que no conoces.
-¿Cómo puedo descubrirlo entonces?
-Siguiendo el camino de los deseos, de uno a otro, hasta llegar al último. Ese camino te conducirá a tu Verdadera Voluntad.
-No me parece muy difícil -opinó Bastián.
-Es el más peligroso de todos los caminos -dijo el león.
-¿Por qué? -preguntó Bastián-. Yo no tengo miedo.
-No se trata de eso -retumbó Graógraman-. Ese camino exige la mayor autenticidad y atención, porque en ningún otro es tan fácil perderse para siempre.
-¿Quieres decir que no siempre son buenos los deseos que se tienen? -trató de averiguar Bastián.
El león azotó con la cola la arena en que estaba echado. Agachó las orejas, frunció el hocico y sus ojos despidieron fuego. Bastián se agachó involuntariamente cuando Graógraman, con una voz que hizo vibrar nuevamente el suelo, dijo:
-¡Qué sabes tú lo que son deseos! ¡Qué sabes tú lo que es o no es bueno!
Bastián pensó mucho al día siguiente en todo lo que la Muerte Multicolor le había dicho. Sin embargo, muchas cosas no se pueden averiguar pensando: hay que vivirlas. Y por eso sólo mucho más tarde, cuando había vivido mucho, recordó las palabras de Graógraman y empezó a comprenderlas.
En aquella época se produjo otra vez una transformación en Bastián. A todos los dones que había recibido desde su encuentro con la Hija de la Luna se había añadido ahora el valor. Y, como cada vez, también ésta había perdido algo a cambio: concretamente, el recuerdo de su pusilanimidad anterior. Como no temía ya nada, comenzó a tomar forma en él, imperceptiblemente al principio pero con más claridad cada vez, un nuevo deseo. No quería seguir solo. Porque también con la Muerte Multicolor estaba, en cierto sentido, solo. Quería demostrar sus cualidades a otros, quería ser admirado y hacerse famoso.Y una noche, mientras contemplaba otra vez el crecimiento de Perelín, sintió de pronto que era la última vez, que debía despedirse de la magnificencia de la Selva Nocturna. Una voz interior lo llamaba lejos de allí.
Echó una última mirada sobre la ardiente riqueza de colores y bajó luego a la cueva sepulcral de Graógraman y se sentó en las tinieblas sobre los escalones. No hubiera podido decir qué esperaba, pero sabía que aquella noche no debía acostarse.
Sin embargo, mientras estaba sentado se quedó sin duda adormecido, porque de pronto se sobresaltó como si alguien lo hubiera llamado por su nombre.
La puerta que daba a la alcoba se había abierto. Por la rendija entraba una larga franja de luz roja a través de la cueva oscura.
Bastián se levantó. ¿Se habría cambiado la puerta en aquel instante en la entrada del Templo de las Mil Puertas? Indeciso, se dirigió hacia la abertura e intentó mirar por ella. No pudo reconocer nada. Luego, la rendija comenzó a cerrarse de nuevo lentamente. ¡Pronto desaparecería la única oportunidad de pasar al otro lado!
Se volvió una vez más hacia Graógraman que, inmóvil y con muertos ojos de piedra, estaba sobre su pedestal. La rendija de luz de la puerta caía precisamente sobre él.
-¡Adios Graógraman, y gracias por todo! -dijo Bastián en voz baja-. Volveré. Seguro que volveré.
Luego se deslizó por la abertura de la puerta, que inmediatamente se cerró tras él.
Bastián no sabía que no cumpliría su promesa. Mucho, sólo muchísimo tiempo después vendría alguien en su nombre y la cumpliría por él.
Pero ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
