----- Carraspeó varias veces cerca de la nariz, que no abandonaba ni por un instante su devota actitud ni cesaba en sus genuflexiones.
–Caballero... –dijo Kovaliov, haciendo un esfuerzo para darse ánimos–. Caballero...
–¿Qué se le ofrece? –preguntó la nariz volviendo la cara.
–Estoy extrañado, caballero... Me parece... Debería usted saber cuál es su sitio. De repente le encuentro a usted... ¿Y dónde le encuentro? En una iglesia. Habrá de convenir que...
–Perdone usted, pero no logro entender lo que tiene usted a bien decirme. Explíquese.
«¿Cómo voy a explicarme?» –pensó Kovaliov–, y luego, sacando fuerzas de flaqueza, comenzó:
–Claro que yo... Por cierto, he de decirle que soy mayor y eso de andar por ahí sin nariz, como usted comprenderá, es indecoroso. Sin nariz podría pasar cualquiera de esas vendedoras de naranjas peladas del puente de Voskresenski; pero yo, que aspiro a obtener..., habiendo sido presentado en muchas casas donde hay damas como la señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado, y otras muchas... Hágase usted cargo... Yo no sé, caballero... –al llegar aquí, el mayor Kovaliov se encogió de hombros–. Usted perdone, pero considerando todo esto desde el punto de vista de las normas del deber y del honor..., usted mismo comprenderá...
–Pues no. No comprendo absolutamente nada –contestó la nariz–. Hable de modo más explícito.
–Caballero... –replicó Kovaliov con aire muy digno–, no acierto a interpretar sus palabras... Me parece que el asunto está bien claro. ¡O pretende usted... ¡Pero si usted es mi propia nariz!
La nariz consideró al mayor y frunció un poco el ceño.
–Está usted en un error, caballero. Yo soy yo, además, que entre nosotros no puede haber la menor relación directa, pues a juzgar por los botones de su uniforme, usted pertenece a otro departamento que yo. -----
¡Ahí tienen ustedes lo sucedido en la capital norteña de nuestro vasto imperio! Y únicamente ahora, atando cabos, vemos que la historia tiene mucho de inverosímil. Sin hablar ya de que resulta verdaderamente extraña la separación sobrenatural de la nariz y su aparición en distintos lugares bajo el aspecto de consejero de Estado. ¿Cómo no se le ocurrió pensar a Kovaliov que no se podía anunciar el caso de su nariz en los periódicos a través de la Oficina de Publicidad? Y no lo digo en el sentido de que me parezca excesivo el precio del anuncio: es una futesa y yo estoy lejos de ser una persona roñosa. ¡Pero, es que resulta desplazado, violento, feo! Y otra cosa: ¿cómo fue a parar la nariz al interior de un panecillo y cómo es que Iván Yákovlevich...? Nada, nada, que no lo entiendo. ¡No lo entiendo de ninguna manera! Pero lo más chocante, lo más incomprensible de todo es que los autores sean capaces de elegir semejantes temas. Confieso que esto es totalmente inconcebible, es como si... ¡Nada, nada, que no lo entiendo! En primer lugar, que no le da ningún provecho a la patria; en segundo lugar... Bueno; pues, en segundo lugar, tampoco le da provecho. No sé lo que es esto, sencillamente...
Aunque, sin embargo, con todo y con ello, si bien, naturalmente, se puede admitir esto y lo otro y lo de más allá, es posible incluso... Porque, claro ¿dónde no suceden cosas absurdas? Y es que, no obstante, si nos paramos a pensar, seguro que hay algo en todo esto. Se diga lo que se diga, sucesos por el estilo ocurren en el mundo. Pocas veces, pero ocurren.
Con este cuento publicado en 1836 Gogol le rompe la nariz al realismo e introduce el elemento de lo fantástico en lo cotidiano 79 años antes que Kafka publique 'La metamorfosis', ciento treinta y un años antes de 'Cien Años de Soledad' y bastante antes de que se inventase la cirugía estética.
