

Hemos resucitado a aquellos, bárbaros y salvajes, cuyas obras parecen incontroladas, sometidas al instinto individual, pero que expresan, lo sabemos, regiones profundas o misteriosas del hombre. Nos plantean las cuestiones más amenazadoras. Enzarzado en un conflicto entre el valor supremo que reconoce secretamente sólo al arte y los pseudo-valores ursurpadores, el artista moderno cree encontrar a un semejante en el artista de la noche, los astros y la sangre.

