El arte de las hadas, los niños perdidos, los locos, los indios, los genios y los gitanos

El arte de las hadas, los niños perdidos, los locos, los indios, los genios y los gitanos

20100125

Ser uno con todo

No tengo nada de lo que pudiera decir: es mío.
Lejos y muertos estan mis seres queridos, y no hay ninguna voz que me hable de ellos.
Mi negocio aquí en la tierra ha terminado. Emprendí la tarea lleno de voluntad, sangré por ella, y no he enriquecido el mundo en un solo centavo.
Sin gloria y solitario vuelvo a mi patria y vago por ella, que como un vasto cementerio, se extiende ampliamente alrededor, y me espera tal vez el cuchillo del cazador que nos cría a los griegos como a la caza del bosque para su placer.
¡Pero tú brillas aún, sol del cielo! ¡Tú aún verdeas, sagrada tierra! Todavía desembocan estrepitosos los ríos en el mar y los árboles umbrosos susurran al mediodía. El placentero canto de la primavera arrulla mis pensamientos mortales. La plenitud del mundo infinitamente vivo nutre y sacia con embriaguez mi indigente ser.
¡Oh, feliz naturaleza! No sé lo que me pasa cuando alzo los ojos ante tu belleza, pero toda la alegría del cielo está en las lágrimas que lloro ante ti, el bienamado ante la bienamada...
Todo mi ser enmudece y escucha cuando las leves ondas del aire juegan en torno a mi pecho. Perdido en el inmenso azul, elevo a menudo los ojos al Éter y los declino hacia el sagrado mar, y es como si un espíritu familiar me abriera los brazos, como si el dolor de la soledad se disolviera en la vida de la dioses.
Ser uno con todo, ésta es la vida de la divinidad, éste es el cielo del hombre.
Ser uno con todo lo viviente, volver en un dichoso olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza, ésta es la cima de los pensamientos y alegrías, es la sagrada cumbre de la montaña, el lugar del reposo eterno, donde el mediodía pierde su calor sofocante y el trueno su voz, y el hervor del mar se asemeja al ondular de los trigales.
¡Ser uno con todo lo viviente! Con estas palabras la virtud abandona su airada armadura, el espíritu del hombre su cetro, y todos los pensamientos desaparecen ante la imagen del mundo eternamente uno, como las reglas del artista afanoso ante su Urania, y el férreo destino renuncia a su soberanía, y la muerte desaparece de la alianza de los seres, y la inseparabilidad y la juventud eterna dan felicidad y embellecen al mundo.
A menudo me detengo en esta cumbre, mi Belarmino. Pero un momento de reflexión basta para despeñarme por ella. Reflexiono, y me encuentro como estaba antes, solo, con todos los dolores propios de la mortalidad; y el asilo de mi corazón, el mundo eternamente uno, ha desaparecido; la naturaleza me cierra los brazos, y yo me encuentro ante ella como un extraño, y no la comprendo.
¡Ojalá no hubiera ido nunca a vuestras escuelas! La ciencia, a la que seguí hasta el fondo, de la que esperaba, con la ingenuidad de la juventud, la confirmación de mis alegrías más puras, lo ha estropeado todo.
En vuestras escuelas me volví bastante razonable, aprendí a diferenciarme radicalmente de lo que me rodea. Estoy ahora aislado en el hermoso mundo, expulsado así del jardin de la naturaleza donde crecía y florecía, y me estoy resecando al sol de mediodía.
¡Oh, el hombre es un dios cuando sueña, un mendigo cuando reflexiona, y cuando el entusiasmo desaparece, se queda ahí como un hijo malogrado, cuyo padre lo echó de casa, contemplado los miserables céntimos que la compasión le dio para el camino!

Friedrich Hölderlin